vie. Sep 20th, 2019

El tercer G7 de Donald Trump: de mal en peor

Si de Donald Trump dependiera, el G7 ya habría dejado de existir. Si consideraba obsoletas la OTAN, la UE y la OMC, pilares fundamentales de la seguridad occidental y del comercio mundial, ¿qué interés puede ver en un grupo informal de aliados a quienes trata igual o peor que a sus adversarios?

¿Se puede esperar algo sensato de un presidente que, el pasado viernes, tras amenazar con subir al 30% los aranceles sobre 250.000 millones de dólares en productos chinos y al 15% los gravámenes sobre otros 300.000 millones, afirmaba que el presidente por él elegido para dirigir la Reserva Federal, Jerome Powell, es peor enemigo que el presidente chino, Xi Jinping?

Aunque no ha faltado a ninguna de las tres cumbres celebradas desde su elección en 2016, nunca ha reconocido la valiosa aportación del G7 desde que el secretario del Tesoro estadounidense, George Shultz, convocase en 1973 a los ministros de Finanzas y banqueros centrales de Japón, Inglaterra, Francia y Alemania en la biblioteca de la Casa Blanca para coordinar una respuesta eficaz a la crisis monetaria tras el abandono del patrón oro y al embargo de petróleo por la OPEP tras la guerra de 1973.

Con la ONU bloqueada, desde que hace 45 años Giscard d’Estaing y Helmut Schmidt dejaron las carteras de Finanzas, respectivamente, por la Presidencia de Francia y la cancillería de la RFA, aquel grupo -ampliado a Italia, Canadá y la UE- entre 1975 y 1977 se convirtió en el motor principal de iniciativas para superar las crisis periódicas del petróleo, los principales desequilibrios comerciales, las peores crisis de endeudamiento y las amenazas internacionales más graves.

En los 5.4 documentos y 10.183 palabras de media que ha aprobado el G7 cada año desde su nacimiento (en Canadá el año pasado la cifra se elevó a 9 textos y 11.224 palabras) encontramos recomendaciones y compromisos de acción frente a los principales retos del último medio siglo.

El grado de cumplimiento depende de la fuente consultada. Según el Grupo de Investigación del propio G7 encargado de la evaluación, de los 34 compromisos principales contra el terrorismo aprobados entre 1978 y 2017, se ha cumplido el 75%. Difícil de creer que el cumplimiento global esté entre un 75% y un 90% cuando el Amazonas, por poner un ejemplo, está en la agenda desde 1990 y se siguen destruyendo entre 400 y 800 kilómetros cuadrados por mes.

De la macroeconomía se pasó pronto a la seguridad y cada año las relaciones personales entre los dirigentes, factor decisivo cuando no hay estructura institucional, y lo inmediato (este año la guerra de aranceles, la tasa digital, Cachemira, Brexit, Irán, Venezuela, el ébola en el Congo o los incendios en el Amazonas) ensombrecen los resultados logrados con tanto esfuerzo en las ministeriales (siete este año) y en los grupos de trabajo.

El más importante de Biarritz, presentado el viernes en el Elíseo, es el Informe por la Igualdad, con 79 recomendaciones en cuatro ámbitos (violencia, autonomía económica, educación/salud y discriminación) con la esperanza de que se vayan convirtiendo en leyes donde más se necesitan y se pueda mejorar el estado de unos 2.500 millones de mujeres (uno de cada tres habitantes del planeta) que todavía viven bajo leyes discriminatorias, sin protección jurídica.

Con ayuda del G7, que nunca pasó de grupo a organización ni emitió comunicados durante los primeros diez años, las potencias occidentales superaron con éxito el fin de la Guerra Fría y, en los noventa, concluyeron la ronda de Uruguay y establecieron la Organización Mundial de Comercio. Sin su impulso, la democracia, hoy en claro retroceso, no se habría extendido como lo hizo entre 1990 y 2005.

Conscientes de su pérdida de representatividad -del 70% al 40% del PIB mundial y con sólo un 10% de la población del planeta-, en 1997-98 admitieron en el grupo a una Rusia lejos todavía de la democracia y, ante la crisis de la deuda asiática de finales de los 90, promovieron otro grupo (el hoy llamado G-20, con el 85% del PIB y 2/3 de la población mundial), que tan útil resultó para gestionar la crisis de 2007-2008.

Superada la crisis, ignoraron los profundos desequilibrios de la globalización, se negaron a reformar las principales instituciones de la Guerra Fría, empezando por el Consejo de Seguridad, y bloquearon la adaptación de la gobernanza global al nuevo equilibrio de poder impulsado por las potencias emergentes, especialmente China. La ausencia de China, Rusia y Brasil en la cumbre de Biarritz, ni siquiera como invitadas, es buena prueba de ello.

«Demasiados dardos», reconoció uno de los sherpas principales tras la cena inaugural del sábado. «No fue una cena agradable». Trump sigue empeñado en invitar a Vladimir Putin a la cumbre de 2020 en EEUU, posiblemente en Florida. El Consejo Europeo prefiere en la mesa al nuevo presidente de Ucrania, Volodymir Zelensky.

Con su almuerzo a solas con Trump y la renuncia a un comunicado final, Macron ha tratado de evitar otra espantada del gran disruptor estadounidense como la del año pasado en Canadá, pero hasta el final no sabremos el resultado.

La Administración estadounidense no comparte las grandes prioridades de Francia en esta cumbre -mantener el multilateralismo, defender la democracia y embridar la globalización para que beneficie a la mayoría- ni sus propuestas concretas sobre igualdad entre hombres y mujeres, un impuesto justo a los dinosaurios digitales, un nuevo régimen mundial de comercio, una defensa más firme del medio ambiente y compromisos que faciliten la distensión en los principales conflictos regionales: península coreana, ciberataques, Irán, Venezuela, Cachemira, Ucrania…

Trump no está solo en su opinión de que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha montado un G7 pensando más en los intereses de Francia y en su propio prestigio que en la solución de los problemas más urgentes. ¿Cómo, si no, explicar que sólo invitase a un país asiático (la India) y a otro de América Latina (Chile) frente a siete africanos?

Canadá consiguió 7.000 millones de dólares (6.300 millones de euros) -más de lo previsto- para la financiación de los programas aprobados en 2018. El éxito o fracaso del primer G7 organizado por Macron dependerá en gran medida de que logre superar esa cantidad a pesar de los presupuestos menguantes en la mayor parte de los miembros y de la preocupación creciente por otra recesión. Qué menos si el coste oficial de la fiesta ha sido de unos 34 millones.

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO

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